EL REYECITO DEL SIGLO XXI / cuento corto

Había una vez un hombre que se creía  rey. Y no solo eso, él soñaba con ser el mejor rey del mundo. ¡Qué digo! ¡El mayor benefactor del planeta, mucho más que un rey, comparable con el mismo Jesucristo, aunque eso suene a blasfemia. Pero lo había dicho su hada madrina, de nombre Paula. Sí, su hada se llamaba como el Apóstol de los Gentiles, Pablo det Tarso. Ella lo visitaba cada mañana, al despertar y cada noche, antes de dormirse. Oraban juntos, con sus caras muy compungidas, mirando al cielo. Ella era lo que para otros cristianos: el "ángel de la guarda".

Su amada esposa lo llamaba "su reyecito". No porque fuera bajo, delgado ni muy joven, sino porque le gustaba mimarlo. Y a él le gustaba que lo mimaran, que lo adularan, que se arrodillaran ante él. Como, además de mimadora era su esposa, él la dejaba que hiciera lo que quisiera. Ella estaba muy satisfecha con su reyecito y para adularlo aún más ponía carteles por todas partes, publicitando la obra de su reyecito, que era el "pacificador y unificador". Gracias a los carteles ella ganaría una fortuna, en millones de dólares. Sus lacayos comunicacionales se encargarían de que los carteles fueran vistos en todo el mundo. El reyecito la premiaba con los regalos más caros y con tareas especiales. Una vez la envió a presidir una reunión del organismo mundial de todos los gobiernos del mundo. Pero, no penséis mal, que el reyecito no era tan tonto; jamás se le ocurrió nombrar a su caballo como cónsul o representante del Senado, ni otro cargo de importancia.

El reyecito era alto y rubio, ancho de espaldas que apenas se movía, a sus ochenta años. Cuando intentaba bailar para divertir a sus seguidores solo movía los brazos. Bueno, sí, también hacía algunos movimientos forzados con la cabeza. Se parecía a uno de esos títeres que más de alguno tuvo cuando niño y que se manipulaban con unos hilos entre dos palitos. Le gustaba vestirse de negro, con camisa blanca y corbata roja. Era hijo de una familia adinerada, había tenido todo lo que un niño podría desear y aprendió desde temprano el arte de hacerse millonario porque su papito magnate le puso todo en bandeja. Antes de eso lo envió al ejército, para que se graduara de capitán. Allí aprendió a dar órdenes. Tal vez, desde entonces soñaría que sería rey. Su vida, plena de éxito, tenía un pasado oscuro, muy oscuro, con amistades que se harían famosas por delitos de peredastia y, tal vez, asesinatos de menores. Pero a sus seguidores esas nimiedades no les importaba. Los había conquistado a todos con toda clase de promesas y simulando estar al lado de los que más sufrían en su país, de los más pobres. Eso sí, jamás envió una invitación a un pobre para que lo visitara en su palacio. ¡Qué asqueroso hubiera sido para él! Sobre todo si el invitado hubiese sido un inmigrante. ¡Qué horror!

Sus seguidores,  muchos de los cuales se transformarían en sus víctimas con el paso del tiempo, lo habían encumbrado tan alto y por eso lo de rey se lo creía cien por ciento. Lo habían elegido Gran Director, pero él lo había interpretado como solo un paso para transformarse en rey, aunque no le bastaría eso, porque él quería ser rey de reyes o emperador, como en la Antigua Roma. Sólo faltaba que le pusieran su corona de laurel. Tal vez, en sus más profundos sueños, era admirador de Nerón y Calígula.

El reyecito se amaba tanto a sí mismo que creía se lo debía premiar, no por lo que hacía o pensaba sino por lo que él ansiaba: ser el hombre más poderoso y amado del universo. Y no faltaban los que lo premiaban, hasta hubo una millonaria que le ofreció su propio premio, que había recibido por haber organizado bandas criminales disfrazadas de "opositores" al gobierno de un país al que el reyecito quería conquistar. Mejor dicho, uno de los muchos países que quería conquistar. 

Todo el mundo ponía atención a lo que el reyecito decía cada día, cada ciudadano de su país (y de otros países y continentes) se sentaban frente al televisor para oír sus palabras, aunque ya suponían todos lo que diría. La verdad es que nunca decía nada nuevo. Parecía que se le había quedado grabada en la mente la melodía de una canción. Repetía una y mil veces muchas arengas y se vanagloriaba de que ganaba una y mil guerras.  Su ejército era el mejor del mundo, sus soldados los más abnegados y fieles, tanto que le imploraban que siguiera dando órdenes que obedecerían sin rechistar y sin pestañear. Había que terminar los trabajos que se comenzaban, según él mismo había declarado. No importaba si les ordenaban matar a niñas de doce años que estudiaban en una escuela. No importaba si se les ordenaba asesinar a cualquier ciudadano de otro país, porque se trataba de un "terrorista", aunque su delito era ser representante de un país. Que murieran él y toda su familia, incluidos bebés, eran motivo para recibir una medalla a la valentía y la defensa de la democracia. Esos soldados, como el mismo reyecito, oraban (juntos a sus hadas o con el recuerdo de ellas) cada noche y le daban las gracias a Dios por haber logrado tan importantes victorias y pedían que vinieran muchas nuevas batallas para cumplir sus deseos de apuntar, apretar botones, disparar drones y misiles, matar, matar, matar. Para ellos y para su reyecito eso era, además, una diversión, lo que pregonaba él mismo a los cuatro vientos. Era como aniquilar figuritas de todo tipo: dragones, tortugas, gigantes, serpientes y otros animales o enemigos imaginarios en las pantallas de una consola, del televisor o del teléfono móvil. Divertirse era bueno para la salud. Y de paso, la Humanidad se libraba de seres que no eran humanos o que eran tan primitivos que sólo merecían vivir en cavernas y alimentarse de raíces o cadáveres que dejaban las hienas y coyotes, como en la Edad de Piedra.

El reyecito no había nombrado cónsul a un caballo, pero parecía tener como consejeros a caballos, burros, cerdos o borregos, porque sus declaraciones diarias era una sarta de inexactitudes, mentiras, suposiciones y amenzas, que no tenían sentido alguno. Y parecía que nadie lo aconsejaba para que dijera algo coherente, fiable, verdadero y respetuoso. Nada de esto último estaba en su condición de narcisista elevado al cuadrado.

¿O sería que todo era una gran conspiración? ¿Podría ser posible que nadie lo llevara por el "buen camino" solo para que se hundiera y así tomar su relevo?  Eso el reyecito no lo podía imaginar. Fundamentalmente, porque no tenía capacidad cognitiva ni sensatez para hacer análisis  de ningún tipo de situación. Lo único en lo que era experto era en hacer cálculos para ganar dinero. He ahí una de las razones por las cuales se mantenía en el poder. Todo lo que hacía producía dinero. Dinero sin amor, dinero sin emociones, dinero fácil aunque fuera sucio, aunque proviniera de robos, ventas de droga, asaltos, secuestros y sanciones unilaterales contra otros países.

¡Y cómo no mantenerse en el poder si podía comprar a policías, fiscales, militares y jueces! Al mismo tiempo, podía hundir a todos los que se opusieran a sus decisiones, por muy disparatadas e injustas que fueran. 

El reyecito se ufanaba de ser el mejor y tener a los mejores en su compañía. Su séquito lo seguía a todas partes y dos o tres figuras estaban siempre a su lado cuando hacía declaraciones frente a los periodistas. Para confirmar todo lo que decía su jefe, ellos también hacían declaraciones y corrobraban sus palabras. Eran sus consejeros  más cercanos y portavoces, al mismo tiempo. Algunos eran sus propios familiares, como su yerno, su mano derecha. Los técnicos e ingenieros, los expertos en asuntos muy importantes estaban en segundo o tercer plano. Los científicos, estaban relegados a un último plano. Es más, debían cuidarse mucho de emitir opniones porque podían ser acusados de terroristas, si se referían, por ejemplo, al cambio climático, al efecto invernadero, la importancia de las energías renovables y otras cosas que no eran más que inventos de los radicales de izquierda, según el reyecito. Todo eso estaba pensado para  socavar las bases de la democracia y la libertad.

Y así pasaban los días. El reyecito seguía haciendo nuevas declaraciones. Las bolsas de comercio subían y bajaban, los operadores bursátiles se volvían locos y no sabían qué hacer. Los misiles caían cada minuto en algunas regiones y pulverizaban edificios, instalaciones importantes, puentes, y todo tipo de blancos, matando a todo tipo de ciudadanos, culpables o inocentes de tal o cual delito, niños, mujeres y ancianos, en primer lugar. Eso no tenía mucha importancia. Lo importante era destruir. Los enemigos resucitaban de entre las piedras y osaban responder a los ataques de sus soldados, destrozando algunos aviones y bases militares. ¡Qué desfachatez! Eso no se podía permitir. No habría perdón para quienes se defendieran. Había que pedir ayuda a todo el mundo para que le ayudaran a atacar a los que afirmaba ya estaban aniqulados. ¡Y si no ayudaban eran unos cobardes! ¡Ya se las apañarían ellos solos...! Total, él no necesitaba lo que los enemigos bloqueaban  a causa de sus irracionales acciones guerreras.

Un día el reyecito amanació mudo. No podía hablar, pero sí podía gesticular. Más, nadie lo podía ver. Parecía estar encerrado en una cápsula de cristal. El reyecito podía ver a sus sirvientes y lacayos, a su radiante esposa y la apostura de sus yerno, incluso a su hada madrina, orando. En una gran pantalla aparecía su nombre y la frase "destituido". Luego habían muchas frases, algunas eran declaraciones de otros gobernantes, que decían que no podían participar en sus guerras. También había frases condenatorias y se mostraban fotografías de manisfestaciones en el mundo entero. Se podía ver en letras muy grandes "No a los reyes" o "No queremos reyes", entre muchas más de distinto calibre.

Entonces, por primera vez en su vida adulta, se dio cuenta de que no era rey y que jamás lo sería. Como por arte de magia, empezó a vislumbrar que las frases hirientes se referían a él. Después de meditar profundamente, algo nuevo para él, se dio cuenta de una terribe realidad. No era el hombre más amado de la tierra, sino el más odiado. Pero no entendía por qué en el mundo no reconocían sus méritos. Nuevamente se sentía como Jesucristo. Solo le faltaba decir: "¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?".

Cualquier comparación con la realidad, tal vez, no es coincidencia. 

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