DIASMEL Y CARBONCITO. CUENTO CORTO
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Hay cuatro vídeos en los que se pone voz al texto.
Lo que se narra a continuación ocurrió en La Habana, en un barrio de San Miguel. Pero igual pudo ser en El Vedado, en Diez de Octubre o en el centro de la ciudad. Daba igual, porque en todas partes ocurría lo mismo, día tras día.
Era una noche fría y húmeda de diciembre, una noche oscura, silenciosa. La última batería de una radio se había agotado y ya no se oían los ritmos del reguetón ni la última balada romántica. Habían pasado 20 horas y no había electricidad, como solía suceder. Era muy ocasional ya que el suministro de electricidad durase dos días seguidos, sin interrupción.
A veces era un ciclón que había derribado árboles, postes, cables y transformadores. Otras veces, un incendio en depósitos de combustible. Más de alguna vez se averiaba una central termoeléctrica, como la de Antonio Guiteras, que se tardaba en reparar. Otras veces era por falta de petróleo, que llegaba a cuentagotas a la isla caribeña. Poco tiempo después ya no llegaría siquiera una gota, porque un alto señor rubio de un país del norte así lo había decidido.
No se podían ver las estrellas ni la luna, porque estaba nublado. Dentro de las casas las baterías de lámparas automáticas también estaban descargadas. Las últimas velas se habían utilizado o se guardaban para una emergencia especial, como si hubiera ya algo peor que aquello. Como todas las cosas, las velas eran caras y no había suficientes en los mercados.
De pronto, un coro de atronadoras voces rompía el silencio, al mismo tiempo que desaparecía la oscuridad. Poco a poco, como en una fiesta de sorpresa, todas las luces de las casas se encendían, también se encendían las farolas de las calles y sonaban nuevamente los motores de las neveras. Los vítores celebraban el término del apagón. Aunque fuera por unas horas o unos minutos, por fín había electricidad, volvía la vida.
Más de algunos se abrazaban, todos estaban felices, tanto viejos como jóvenes y niños. Era un jolgorio indescriptible, más que en las fiestas de Año Nuevo, más potente que las de un estadio en el que se celebra al ganador del más importante partido de fútbol o de béisbol.
Más de algún extranjero diría "son tropicalidades". Bueno, porque el pueblo cubano es efusivo, la gente habla alto y a menudo camina contonéandose al ritmo de la música. Y se alegra por las cosas buenas que pasan. Sin embargo, sufre mucho cuando lo castiga la naturaleza y las carencias que se producen constantemente. Eso último lo sufren todos, pero no todos saben por qué y protestan enfadados o se encierran en sí mismos, tratando de consolarse. Luego se refugian en la música o en sus actividades laborales, en la familia, en los juegos con amigos. Lamentablemente, muchos hombres también se refugian en la bebida y el tabaco.
Esa hora era de fiesta. El próximo día y muchas veces más se volverían a repetir esos gritos de alegría, en cada barrio, en cada calle de aquella isla de gente trabajadora e imaginativa, capaz de hacer inventos con cualquier cosa, reparando automóviles, máquinas lavadoras, ollas a presión, ventiladores y miles de artefactos con pedazos de goma, clavos y alambres, incluso hasta con cinta adhesiva. En las casas se guardaban los envases plásticos de yogures y frutas en conserva, los sacos de lona o arpillera donde venía el arroz o el cemento. Eso para poder guardar cosas, para hacer cortinas o para cualquier otro menester. Todo (o casi todo) se aprovechaba. De un frasco 300 ml de detergente se sacaban varios frascos de la misma cantidad, mezclándolo con agua. Eso sí, la picarezca heredada de los antiguos conquistadores canarios, castellanos, andaluces y extremeños se manifestaba, a menudo. Muchos comerciantes hacían trampas y mezclaban agua con muchos productos.
Diasmel estaba sentado frente a su madre en la penumbra de la terraza cuando llegó la luz. Una vez gritado y aplaudido se levantó de un salto y se abalanzó sobre un tractor de juguete de color amarillo, con el que jugaba frecuentemente. Comenzó a correr con el juguete, martirizando a su madre con el sonido de las ruedas sobre las baldosas, como hacía todos los días. Tenía otros juguetes, pero el tractor era su juguete favorito, desde antes de aprender a caminar. Ya había cumplido dos años y posiblemete seguiría jugando con su querido tractor hasta que se desarmara. A Diasmel le gustaba intentar desarmarlo. Lo analizaba bien y trataba de cambiar la posición de las ruedas o sacarle una parte y volverla a poner infinidad de veces. Cualquer día lo iba a desbaratar completamente, como había hecho con muchas otras cosas, no solo con juguetes. Seguro que cuando creciera iba a ser otro más de los millones de inventores cubanos, que trataban de reparar cualquier cosa, para no echarla a la basura y ahorrar dinero.
Su madre se puso a cargar las baterías de todos los dispositivos que le era posible. Lo primero era al teléfono móvil. Luego se ponía a llamar a sus padres para enterarse de su salud, pero no siempre obtenía respuesta, la luz no llegaba al mismo tiempo a todos los barrios. Era como una onda expansiva que avanzada de barrio en barrio, de ciudad en ciudad. A veces la onda se interumpía, se apagaban algunos barrios y se encendían otros. Nunca era posible tener luz al mismo tiempo en todo el territorio cubano. Por otra parte, no se trataba únicamente de la electricidad sino de la cobertura de Internet. Mientras duraba el apagón no había forma de informarse, porque no se podía usar la televisión y casi en ningún hogar había radiotransistores. Por eso, la forma más fácil de informarse era a través de Internet. Y así la gente se acostumbraba a no ver las noticias en televisión sino en los grupos de WhatsApp, en Youtobe u otras redes, utilizando el motor de búsqueda de Google, en el que las noticias que más resaltaban eran aquellas que magnificaban los problemas de Cuba y mentían sobre las causas de los apagones y otras deficiencias. Puesto que la electricidad y la cobertura duraban poco, no se alcanzaba a encender el televisor y la gente no obtenía la información adecuada.
Diasmel iba y venía con su tractor, como si no hubiera otro mundo para él. De vez en cuando miraba a su madre, quería saber que ella lo escuchaba. Después de un rato, cuando se aburría, dejaba su tractor y pedía comida. Pero su madre no había alcanzado a preparar nada, además no tenía muchas cosas para cocinar. Las últimas galletas se habían agotado, también la leche. Menos mal, en el huerto habían bananas, a veces era lo único que podían comer. No obstante, había que esperar a que maduraran. A veces había guayabas y mangos, dependiendo de cada estación del año. Pero no se podía esperar a que hubiera fruta y solo alimentarse de ellas o de algunos frijoles sembrados en el huerto. Además, no se podían cultivar muchas hortalizas, porque no había fertilizantes. Aún así, ella tenía suerte, por lo menos tenía huerto, muchos cubanos no tienen siquiera eso.
La alegría del comienzo, la del resplandor en el horizonte y dentro de casa ya se había apagado al enfrentarse a los inumerables problemas que surgían ahora. El estrés era mayúsculo. Había que cocinar antes de que se fuera la luz. Antes se podía cocinar con gas si se iba la luz, pero la bombona de gas estaba vacía y no era fácil cambiarla por una llena. Por lo tanto, las alternativas eran usar leña o carbón.
Cocinar con leña tenía sus desventajas. Primero conseguir palos secos y luego soportar el humo, por lo que se debía cocinar en el patio. Pero a veces llovía o soplaban vientos fuertes. Eso impedia que se prodijeran llamas o que saltara chispas que podían ocasionar un incendio.
Quedaba el carbón, lo que también era difícil de conseguir. Dentro de casa el aire se cargaba de dióxido de carbono y carbono, peligroso para la salud. Y ya no quedaba dinero. Familiares del extranjero no podían enviar dinero por transferencias bancarias, cada día era más difícil porque los bancos de Suecia, por ejemplo, tenían prohibido realizarlas. Había que esperar a que viajara alguna persona conocida, lo que podía tardar meses. Pero tampoco se podía llevar mucho dinero. La aduana cubana deja entrar hasta 5 000 dólares sin declarar, pero algunos países de Europa o de otros continentes no dejan sacar tal cantidad de sus países. Como en muchas otras cosas, el límite no lo pone Cuba. Lo ponen quienes se alían con Estados Unidos para hacer las cosas aun más difíciles para el pueblo cubano.
Diasmel podía sorprender a cualquiera. Era un niño inteligente y astuto, pero también muy curioso. Se subía a las mesas y a cualquier altura que se le pusiera por delante, si podía usar sillas u otros objetos para usarlos de apoyo. Como todo niño, era terco y hacía lo contrario de lo que se le pedía, hacía caso por un momento, más en cuanto su madre se descuidaba, ocupada en alguna tarea de casa, él hacía de las suyas. En uno de esos descuidos se acercó al fogón y tomó un trozo de carbón. Fue suerte que ese trozo no estaba encendido, pero suficientemente caliente para que Diasmel lo soltara con premura y justo en el instante en que su madre lo sorprendía. "Arde", dijo asustado. "sí que arde, mi amorrrr" respondió la madre. "No vuelvas a tocar el carbón, que te puedes quemar". "Carbón, carboncito", dijo Diasmel, esbozando una sonrisa, entre asustado y divertido.
Desde aquel día Diasmel ya no volvió a tocar el carbón, ni se acercaba al fogón. Ya había aprendido la lección, que muchos niños de un tiempo lejano habían aprendido en otros países, donde ese combustible se dejó de usar hace decenios. Parecía que el país retrocedía en el tiempo y en las cosas más esenciales sufría un retroceso enorme. Pero la gente sobrevivía.
Diasmel sigue jugando a diario con su tractor. Y cada vez que llega la luz vuelve a gritar de alegría junto a su madre y a todos sus vecinos. Cuando lleva un bocado a la boca, suele decir "gracias al carboncito, hoy podemos comer".
Cualquier comparación con la realidad NO es coincidencia, es realidad.
Nota: yo escribo todos los artículos, cuentos y novelas sin ayuda de la Inteligencia Artificial.

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